Somos el director de la obra y no los personajes que la interpretan
Se nos da muy bien interpretar «personajes»: el de madre dedicada, el de fiel amigo, el de vecino civilizado, etc. Somos capaces de pasar de un papel a otro sin pestañear porque nos hemos aprendido hasta la última coma de cada guión. Los conocemos tan bien que asumimos como propios todos los comportamientos reflejados en los distintos libretos de la obra sin darnos cuenta de que, en muchas ocasiones, estas conductas nos alejan de la vida que deseamos.
¿Quién eres tú?
Una de las mayores trampas de la cultura occidental es la de no distinguir entre el «quiénes somos» y el «qué somos». No somos capaces de definirnos más que con pequeñas porciones de información que sólo reflejan aspectos segmentados de nosotros mimos: «soy Pepe», «soy maestro», «soy hijo de…» sin darnos cuenta de que, en realidad, detrás de todos estos roles estamos nosotros.